EMPEZANDO DE CERO
En toda intervención del Estado, el intento de resolución de un problema implica la aparición de otros. Esto es evidente en el caso específico de un cambio impositivo, cualquiera fuese: el Estado está haciendo uso de su poder de coerción para extraer parte de los ingresos a determinados actores económicos en el marco de una estrategia de desarrollo, y parece obvio decirlo, la primera resistencia a la medida será la de los afectados directos.
De esta forma, una parte central en el análisis para determinar si es posible, y conveniente, avanzar en una determinada acción pasa por establecer quienes ganan y quienes pierden con ella, y cual sería la reacción al cambio.
Esto exige que se considere la gobernabilidad de la reforma, que requiere analizar el grado de dificultad de la propuesta y medir las variables que controla y las que no.
Todo esto parece haberse saltado por alto el Gobierno cuando decretó la variabilidad de las retenciones. El resultado de estos meses de áspero conflicto era más que previsible. La adopción de una medida sin haber previsto el alcance de la reacción, fue generando una situación que terminó siendo insostenible tanto en lo económico como en lo político.
Ante este triunfo del modelo agroexportador que pide a gritos que lo dejen vincularse con el mundo como proveedor de granos y materias primas, conviene plantearse el interrogante de que si no sería más beneficioso y mucho más rentable, para aquellos que defendieron tan calurosamente sus rentas extraordinarias, agregarle valor a estos productos exportables por medio de la industrialización de las materias primas del campo.
No contentarse simplemente con aumentar las toneladas embarcadas en el puerto de Rosario, sino sumar esfuerzos, capitales, inversiones, incentivos fiscales, y por sobre todo, espíritu emprendedor productivo, que permita hacer surgir un modelo agroindustrial antes que agroexportador.
Durante todo el transcurso del conflicto con el campo nos vimos saturados de opiniones y números que intentaban demostrar lo poco o mucho, según quien hablara en ese momento, que se gana con la exportación de soja. ¿Hubo alguna voz que saliera a explicar cómo industrializar ese grano y así poder producir desde pinturas y esencias hasta cosméticos y golosinas, ganando nuevos mercados y obteniendo mejores precios?
Es de esta forma que se pondría fin a ese viejo debate que plantea si la salida del país pasa por el campo o por la industria. Sólo un tejido agroindustrial que conjugue la nobleza del trabajo rural con la disponibilidad de conocimientos en laboratorios y fábricas podrá romper con actitudes monopólicas de siembra-cosecha-exportación, que solo termina beneficiando a seis empresas multinacionales ubicadas en la costa de nuestro Paraná.
Como bien lo ejemplificara Enrique Martínez, presidente del Instituto Nacional de Tecnología Industrial, INTI, un país lechero líder como
Un país con ganado vacuno, que sea líder, no exporta sólo cueros semiterminados y cortes especiales. También produce ácidos grasos, globulinas y otros productos de la sangre, aminoácidos de los huesos, marroquinería de primera.
Un país avícola líder no sólo exporta pollos. Produce biogás con todos los residuos de cama de pollos; aprovecha las vísceras y las plumas para hacer concentrados proteínicos con los cuales se alimentan peces que aumentarán la oferta de carnes menos consumidas.
Todo esto puede llevarse a cabo y muy cerca del campo en donde se cosecha la soja, el maíz y el trigo, o de la estancia en donde se crían los pollos.
¿Cómo es posible que una materia prima atraviese todo un país para llegar a un puerto sin que nadie, en los cientos de kilómetros que recorre, le agregue ningún valor a esa mercadería?
Uno de los reclamos de los productores que más se escuchó fue que se le otorguen subsidios al flete para aquellos que se encuentran más alejados de la zona portuaria de exportación. Distinto sería el destino de esos fondos si se emplearan para incentivar la industrialización de sus cosechas en sus propias provincias, generando una revitalización de las economías regionales y desactivando la visión ilusoria de sembrar mirando al océano.
Un ejemplo muy claro lo tenemos en nuestra provincia, donde cientos de talleres pequeños y medianos han conformado cordones metalúrgicos agroindustriales en distintos pueblos del interior provincial, beneficiando así a miles de familias que consiguieron empleo produciendo maquinaria agrícola en sus propias poblaciones, sin necesidad de emigrar.
Para encarar una justa redistribución de la riqueza no solo bastará con aumentar alícuotas o legislar nuevos impuestos, también deberá trabajarse en la forma en que se generarán nuevos métodos para obtener esa riqueza y que beneficie a todo un país.
La implementación de una mirada productivista que tienda a conformar un tejido agroindustrial llevará como consecuencia a la conformación de un nuevo tejido social en donde deje de ser sólo un sector el que salga beneficiado por los precios internacionales de las materias primas alimenticias, posibilitando la inclusión de aquellos que trabajen agregándole más valor a las exportaciones de los frutos de la tierra.
Porque el futuro de todo un país no puede basarse en las pizarras de cotización del mercado de Chicago. Deberá forjarse desde las propias iniciativas que pongamos a consideración y que busquen que aquellos que sólo quieran especular, pierdan relevancia, primero, y sentido, después.
