Por estos días es muy común escuchar que lo que se está disputando entre el Gobierno y el campo es un cambio en la “redistribución del ingreso”. Suenan voces que desde los dos bandos dicen representar al verdadero ser nacional, atinando para ello a un desmedido uso del celeste y blanco junto a consignas que intentan convencer que el sueño inconcluso de país que todos deseamos puede llegar a concretarse si resultara ganadora de esta interminable pulseada el sector al que pertenece.

Lo cierto es que las retenciones tienen un efecto redistributivo, ya que “retiene” parte de una renta agraria que se origina en especiales condiciones locales (rindes excepcionales, cambio sostenido en 3 a 1, etc.) junto a un mercado internacional en situación de demanda alimentaria extraordinaria.

Sin embargo, si tomamos los datos que aporta la AFIP, podemos observar que las retenciones sólo representan un bajo porcentaje de la presión tributaria total, alcanzando un pobre 13 por ciento. El resto sigue recaudándose de la misma vieja manera, es decir, recayendo la mayor parte en sectores que han sido esquivos a los beneficios de la bonanza económica, incluso al despegue de las exportaciones de granos.

Pese a que se habla de la puja por la redistribución del ingreso, nadie parece advertir esto, y mucho menos se encuentra en debate una reforma impositiva que promueva un sistema menos regresivo.

La CEPAL, organismo multinacional que acerca datos del 2007 en los cuales todavía podemos seguir confiando, nos dice que la estructura tributaria argentina, en la cual están incluidas tanto la nación como las provincias, alcanza al 27, 6 por ciento del PBI.

Esta recaudación, altamente regresiva, se basa en lo que proviene del IVA, que junto a otros impuestos indirectos, al consumo, llega al 47,3 por ciento del total.

Es lógico pensar que los sectores que poseen menores recursos destinan casi exclusivamente sus ingresos al consumo de elementos indispensables para la subsistencia (alimentos, calzado, vestimenta, etc.). Sobre estos sectores empobrecidos recae el mayor peso de la recaudación impositiva. Pareciera que el sistema tributario estuviese diseñado en una forma que escapa a toda recomendación de manual que aconseja que a mayores ingresos, mayores tributos.

Siguiendo la escala de datos sobre la composición de la recaudación total, sigue el Impuesto a las Ganancias con un 23,5 por ciento, luego los aportes por salarios y Seguridad social, con un 14,8 y en cuarto lugar aparecen las imposiciones al comercio internacional, las famosas retenciones, con el 13, 4 por ciento.

El porcentaje aplicado a las exportaciones es todo un récord en la historia económica argentina. Pero aportan muy poco para que se pueda revertir el sesgo regresivo que estamos analizando. Los mayores precios internacionales, el aumento de las alícuotas y el incremento de la producción, junto con el hecho de que son muy fáciles de cobrar y que, suspicazmente, no son coparticipables con las provincias, han sido las causas de que la recaudación suba mucho en este rubro, pero el porcentaje sigue siendo menor si lo comparamos con los otros impuestos.

Esto nos indica por un lado las falencias del Gobierno en tomar medidas que tiendan a librar a los sectores postergados del pago de elevadas tasas impositivas a la hora de sentarse a la mesa, y por el otro, desarticula el mensaje que desde las organizaciones rurales sostiene que es el campo el que apuntala al crecimiento económico.

Durante la gestión del dr. Abad al frente de la AFIP se avanzó mucho en la modernización de la administración tributaria, pero los progresos se centraron en el IVA, un impuesto mucho más fácil de cobrar que a Ganancias. Se estima que la evasión en iva alcanza el 25 por ciento, mientras que en ganancias rondaría el 50 por ciento. Esto se agrava por el hecho de que aquí, como suele ocurrir en los países pobres, la recaudación de impuesto a las ganancias descansa básicamente en las empresas, casi un 70 por ciento, en lugar de alcanzar a mayor cantidad de personas físicas. Por otra parte, y resaltando las anormalidades de nuestras leyes impositivas, Argentina es uno de los pocos países en el mundo, en el cual no grava las ganancias generadas en rentas y especulaciones financieras que lleven a cabo personas físicas, sin importar el monto de lo que ganen en esas actividades.

Están los especialistas que aconsejan no encarar una reforma impositiva integral ya que no se debería tocar la estructura para no arriesgar recaudación, y están aquellos que dicen que la redistribución debería hacerse mediante políticas sociales, es decir, por el lado del gasto y no del ingreso. El mensaje sería que el Estado apunte mejor a quienes ayuda sin que nadie se vea obligado a poner un peso más.

Esto sería muy simple en un país igualitario, donde las desigualdades sean mínimas, y los pobres unos pocos miles. Pero en una sociedad como la nuestra, en donde hay millones de habitantes que subsisten diariamente en la pobreza, los problemas a resolver son muchos y los ingresos siempre son pocos.

Los argumentos en contra de una reforma profunda serán siempre cuantiosos, cada corporación aportará el suyo, dejándonos en la duda de cómo instrumentarla.

Pero lo que no queda lugar a dudas es en la necesidad de formularla, abrir el debate a una verdadera redistribución del ingreso, que no afecte sólo a un determinado sector sino que sea realmente progresiva.

Las decisiones económicas más determinantes no se toman en momentos de recesión, sinó de expansión. Los cambios que se promuevan hoy, teniendo en cuenta el largo plazo, obtendrán resultados que se volverán más visibles en tiempos de crisis.