ENERGIA, LA CRISIS PARECE NO TENER FIN

La vorágine de informaciones a la que diariamente asistimos, enseguida nos hace olvidar cuestiones fundamentales que hasta hace poco eran grandes problemas a resolver.
Una de ellas es la crisis energética que tuvo expectante al país durante los meses de junio, julio y agosto, y que afectó a la producción industrial a causa de las restricciones a las que se vieron obligados los grandes y medianos usuarios fabriles, incluidos los de nuestra provincia.
Desde el Indec se admitió una fuerte desaceleración de la industria como consecuencia de la crisis energética: en julio, la actividad fabril subió apenas 2,7 por ciento, el valor más bajo desde noviembre de 2002.
No sólo tuvieron incidencia los cortes de luz, sinó también las significativas restricciones de gas y las paradas de planta con suspensiones de turnos de trabajo que, por pedido del Gobierno, ante la crisis, decidieron adelantarle las vacaciones al personal.
Los industriales santafesinos no dejan de alertar que no hay tiempo que perder en el tema energético. La cercanía del verano y el comienzo de la época de altas temperaturas traerán aparejado el aumento del consumo de energía y puede volver a resurgir la crisis del sector.
Se ha conocido por estos días un oportuno informe sobre el actual estado del mercado energético, elaborado por el equipo de economistas del Plan Fénix, provenientes de
SITUACION ACTUAL
La instancia por la que atraviesa el suministro de energía en
En relación con el gas natural,
En cuanto a los hidrocarburos líquidos, éstos representan algo más del 40 por ciento del consumo energético. Al igual que en el caso del gas, existió una clara política, en la década pasada, de promover su extracción, sin obligación alguna de prospección y sin que existiera –al contrario de lo que ocurre en casi todos los países– reparo alguno ante el agotamiento de un recurso tan crítico. Esto permitió un incremento sensible e irracional de la producción. Las exportaciones alcanzaron en algún momento el 40 por ciento de la extracción. Hoy, la participación es menor, aunque significativa, y se encuentra parcialmente reconvertida a derivados que, por otra parte, tienen retenciones sensiblemente menores a las del petróleo.
La generación eléctrica fue objeto de una profunda reforma en la década pasada. Ella significó la liberalización de la actividad y la separación entre generación, transporte y distribución. Una vez más, prevaleció la idea de que el mercado sería el mecanismo apto para la implantación de la capacidad necesaria tanto en producción como en transporte. Ahora bien, el potencial de generación se incrementó en cerca de 10.000 MW, dando lugar a holgura en la oferta. Pero más de un tercio de esta adición correspondió a decisiones tomadas y financiadas por el Estado (represas de Yacyretá y Piedra del Aguila), y lo restante fue producto tanto de una innovación tecnológica –la implementación de los ciclos combinados en generación térmica– como de la estrategia de monetizar las reservas de gas de parte de los productores que precisamente fueron los principales inversores en estos ciclos.
En este panorama se introduce el episodio reciente de restricción energética. Desde el Gobierno, se instrumentaron medidas coyunturales, razonables algunas de ellas (la contención del consumo eléctrico industrial y la restricción al uso del gas natural comprimido GNC), objetables otras (la no disminución del alumbrado público, claramente redundante en muchos casos). Pero tal vez la mayor carencia que se ha percibido la gente es la de una explicación que enmarque las acciones tomadas en una perspectiva explícita de mediano y largo plazo que sirvan para anticiparse a problemas futuros.
