
Fuí a reencontrarme con mis ex-compañeros de secundaria después de 20 años!!!! de egresados.Terrible la cifra.
Muy lindo encuentro y las conclusiones son varias:
1) ¿QUÉ ESTUVE HACIENDO LA MAYOR PARTE DE ESOS 20 AÑOS???!!!
No me dí ni cuenta de que ya habían pasado tantos.
2) Las mujeres se mantienen mejor que los hombres, o lo que sería mejor decir, tanta procupación y esfuerzo para que se vean mejor, las hace ver mejor. Chicas, sigan esforzandose que van por el buen camino.
3) A la vuelta, pude comprobar el boom sojero de la región, y sus terribles consecuencias.
Si pasan por un pueblo cercano a Río Tercero, llamado Tancacha podrán ver unos extraños arcos de caño ubicados en las esquinas del pueblo. Los lugareños me dijeron que es para que no entren camiones cargados al pueblo , ya que esos caños le impide pasar por la altura, pero, investigando, pude averiguar que la verdadera razón de la existencia de esos arcos es que el afán de lucro de los habitantes del lugar ha llevado a que siembren todo terreno libre disponible con soja, INCLUSO LAS CANCHITAS DE FUTBOL Y POTREROS!!!
Ante la protesta generalizada del sector infantil de la población, la Intendencia aplacó los ánimos de los más pequeños negociando la colocación de estos arcos en cada esquina, transformando al pueblo en una canchita en cada cuadra.
Me dejaron trascender que se estaría por designar a varias cuadras como peatonales, para no tener que estar parando los partidos, cada vez que pasa un auto.
Cosas que uno conoce cada vez que se sale de casa.
servido por Ricardo
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Después de unas largas vacaciones durante enero y febrero, retomamos el ritmo de trabajo y volvemos a las noticias.
Esperamos tenerte frente a la pc, leyéndonos, durante todo este año.
¡Coraje para lo que venga!
servido por Ricardo
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El 30 de setiembre de 2005 se cumplieron 50 años de la muerte de James Dean, un actor que supo erigir a lo largo de su corta vida, lo que podríamos definir como el arquetipo de muchacho rebelde enfrentado a los esquemas de la sociedad en que le tocó vivir.
Enclavada en plena década del ’50, su imagen de rebeldía adolescente llegó acompañada de otro gran movimiento revolucionario de la época, el rock and roll. Así, asociada a música, autos y chicas, esta imagen se convirtió rápidamente en objeto de culto para miles de jóvenes americanos que veían en él, al abanderado de la lucha contra el “american way of live” de posguerra.
La disconformidad había ganado su terreno, y la búsqueda de nuevas sensaciones que sean afines a los sentimientos de rebeldía, provocó que, tanto los nuevos sonidos –manifestados en el rock-, como así también actores catalogados “juveniles” como Dean, ocuparan el lugar que habían dejado vacío los viejos conceptos.
Repasando su filmografía, -escasa, por cierto-, observamos que, paradójicamente, sus personajes nunca pasan de una rebeldía personalizada, pobre en ideologías, y sin metas sociales que lleguen a guiar a sus compañeros de generación. Dean encarna así, a personajes que teniendo un gran potencial de lucha y de cambio de esquemas conservadores, terminan contentándose con haber armado un par de buenos líos, y dejar las cosas más o menos como estaban.
En “Al este del Edén” (filmada en 1954), comienza peléandose con medio pueblo buscando a su madre, manda a su hermano a una muerte casi segura en la guerra, pero es redimido en las secuencias finales cuando queda en su hogar, cuidando a su padre, víctima de un infarto que él mismo le ha provocado.
En “Rebelde sin causa” (1955), -su película más famosa y que lo elevó a su breve estrellato-, lo vemos con el liderazgo ahí, al alcance de la mano. Con su rival de pandilla muerto en la famosa escena de la carrera de autos en el barranco, y contando ya con dos seguidores (interpretados por Natalie Wood y Sal Mineo, ambos nominados al Oscar), - tan rebeldes como él-, decide retirarse cuando la cosa se pone espesa, regresando a su casa, y casi sin inmutarse, después que la policía ha matado a uno de sus compinches. Después del sofocón, todo volvía a la normalidad.
En su último film, “Gigante” (1955), -estrenado después de su muerte-, Dean interpreta a un muchacho pobre que ha sido criado en el seno de una poderosa familia de Texas. Su odio hacia todos es obvio y evidente hasta que la casualidad le permite descubrir petróleo en la pequeña franja de tierra que ha heredado. Su poderío económico lo llevará a encarnar –y a sobrepasar aún más- todo lo que ha despreciado en los primeros minutos de rodaje.
Con estos nada favorables antecedentes de antología, es lógico que lleguemos a preguntarnos, no sin un poco de confusión, ¿Qué es lo que perdura aún de este actor? ¿Qué es lo que ha llevado a que su figura alcance toques de misticismo, llegando hasta nuestros días?
Escuchemos a quienes lo conocieron.
Nicholas Ray, -su director en Rebelde...-, solía decir: “...James era una persona fresca, sincera, la pantalla lo reflejaba tal como era. Recuerdo que cuando culminó el rodaje no sabíamos qué hacer. Nos habíamos acostumbrado tanto el uno al otro, que el último día nos despedimos, él subió a su moto, yo a mi auto, y al llegar al primer semáforo decidimos ir a un restaurant abierto toda la noche y desayunamos. No podíamos admitir que todo había acabado.”
“Dean fue un gran amigo. Él me ayudó a que redefina mi postura actoral. Yo había dejado de ser la niña prodigio de la compañía, y al alcanzar la adolescencia no encajaba en ningún film. Junto a él pude tomar otra actitud” (Natalie Wood).
Si los recuerdos de Hollywood nos lo presentan como un buen tipo, los recuerdos colectivos hacen hincapié en su esfuerzo por saltarse de los límites opresivos de su generación anterior. Si lo pudo lograr o no, es un misterio que la historia se empecina en no revelarnos. Ni en sus películas, -como hemos analizado-, ni en su vida real, ya que los encantos hollywoodenses de flashes y fama fueron muy tentadores para él.
Aún así, la memoria colectiva le ha reservado un lugar preciado junto a personajes tan disímiles como Gandhi o el Che, en que lo único que los emparenta es haber sido consecuentes con lo que predicaban, y no haber caído en la traición de sus propios principios.
¿Habría llegado tan lejos James Dean? ¿Hubiese seguido su lucha en contra de los sagrados valores de su sociedad hasta el final?
Nunca lo sabremos. Su prematura muerte a los 24 años de edad, en un accidente automovilístico propio de cualquiera de sus films, nos restó la posibilidad de ser observadores de la evolución de su persona.
Pero es esa misma muerte la que nos permite mantener su imagen intacta, la de aquél joven que luchaba ante todo y ante todos, tratando de ganar su propio espacio, que supo trascender, y que llegó a convertirse –sin siquiera darse cuenta- en el mártir de sus sucesivas generaciones.
Un mártir sin causa.
servido por Ricardo
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